jueves, 1 de diciembre de 2016

Conversiones súbitas

Copiado de por ahí:

La repentina conversión del padre Fortea: “no hubo evolución, fue de golpe, en medio minuto”. Descrita en su libro “Memorias de un exorcista”, compite, por inesperada, con las de Frossard o Gorítcheva.

Lo decía André Frossard en libro Dios existe, yo me lo encontré: a muchas personas, incluyendo muchos cristianos, no les gustan las conversiones gratuitas, súbitas, por pura gracia, sin procesos previos. Dan la sensación de que Dios coge a una persona y le da la vuelta, la cambia. Dan la sensación de que Dios es libre y es Señor. A muchos, eso les asusta.

Es lógico que estas historias de conversión asusten a la gente que no es religiosa. Recuerdan que “podría pasarme a mí”. Es más desconcertante que asuste a la gente religiosa. Algunos, quizá, tienen miedo de que Dios “se fije demasiado en mí” y “me cambie”.

Otros, parecen temer el poder de Dios para tocar y cambiar a la gente con descarada libertad, e insisten en buscar las raíces psicológicas del cambio. Pero, a veces, no hay raíces. Simplemente, parece que Dios hace lo que quiere y como quiere.

José Antonio Fortea, cura de la diócesis de Alcalá de Henares famoso por sus libros sobre demonología y algunos casos de exorcismos que ha recogido la prensa, acaba de publicar su libro “Memorias de un exorcista“ (Ed. Martínez Roca, 2008). En realidad, los temas demonológicos sólo ocupan una tercera parte del libro. El resto del volumen habla de su infancia, de su vocación, de la vida cotidiana de un cura en un pueblo, en el servicio militar, como capellán en un hospital, las relaciones con feligreses, compañeros, sus lecturas y aficiones…

El libro se lee bien, con agilidad, y resultará especialmente interesante para aquellos que hemos nacido entre 1965 y 1980, con un costumbrismo que recoge los dibujos animados, los tebeos, los libros de nuestra generación. Y también el ambiente eclesial. Pero, más impactante que los testimonios de exorcismos es el testimonio de conversión del joven Fortea, que vamos a transcribir íntegro por su absoluta gratuidad, para luego compararlo con tres casos “emblemáticos”: el del escritor francés André Frossard, el de la autora soviética Tatiana Gorítcheva y el de la poetisa norteamericana Joy Davidman.

Fortea era un chaval de Barbastro, Huesca, de 15 años, que no iba a misa excepto en alguna ocasión familiar o escolar y no tenía ningún interés por Dios. El cambio llegó el 12 de octubre de 1983, cuando estudiaba segundo de BUP.

“Un día como otro cualquiera, entré en mi habitación y, de pronto, sentí que era un egoísta y una mala persona. Me entró un gran arrepentimiento y vi que la Iglesia era el camino por donde iría progresando hacia la virtud. Todo esto no duró más de medio minuto, no oí ninguna voz celestial, ni tuve ninguna visión, pero de pronto se había operado en mí una gran conversión: había comprendido que era un pecador y que el camino de la salvación era la Iglesia.

Así de sencillo, así de repentino. Ya me gustaría poder escribir treinta capítulos, como san Agustín, explicando mi marcha hacia la conversión. Pero en mi caso no hubo evolución, sino irrupción repentina de la gracia.

Es curioso, nada había preparado ni presagiado ese momento, no tenía ningún remordimiento, ninguna preocupación, nada. Fue una acción fulminante de la gracia. Vivía tan feliz en mi alejamiento de la religión y de pronto… De pronto, en medio minuto, me acababa de convertir en una persona religiosa. Era increíble. En los días precedentes, ni mi familia, ni mis amigos, ni mis profesores me había impulsado a ello. Nada, absolutamente nada. No había una causa razonable que provocara aquel cambio tan brusco, tan profundo.

Sin duda, cualquier psiquiatra me diría que eso se debía a mil causas latentes en mi subbconsciente. Pero no, yo, que me conozco bien, puedo asegurar que aquello fue la gracia, una gracia súbita, contundente, que me hizo pasar del blanco al negro en medio minuto, sin hablar con nadie, sin leer nada, sólo dándome cuenta de esas dos cosas, que yo era un pecador y que las enseñanzas de la Iglesia eran la verdad y constituían el camino para progresar en virtud. Fue un cambio sin dudas ni vacilaciones.

En aquel mismo momento me arrodillé al lado de mi cama y oré intensamente, sabiendo que alguien me escuchaba. Aquélla sí que fue una oración profunda. No duró más allá de dos minutos, pero en cuanto me levanté, tomé una hoja de papel y comencé a hacer examen de conciencia. Sin ningún tipo de resistencia por mi parte, entendí que debía confesarme.

Externamente seguí igual, pero internamente era ya otra persona. No comuniqué a nadie mi cambio, mi conversión. Al llegar el domingo, pensé que debía ir a misa. Pero se me hacía muy duro, porque cuando iba a misa era acompañado de mi familia o de todo el curso. Me resultaba muy violento ir solo. Pensaba que, al entrar, la gente me miraría y que comentarían en voz baja mi presencia allí. Barbastro no era Nueva York, todos nos conocíamos, y mis miedos no eran infundadas imaginaciones de mi mente.

Estuve luchando internamente media hora, en mi casa. Pero cada vez que me decía voy, me imaginaba a las señoras susurrando ah, mira, el hijo de Fortea, qué raro, si nunca viene.

Finalmente, a pesar de mis esfuerzos internos,  me rendí; no podía ir, era superior a mis fuerzas. Diez minutos después, un amigo que en nueve años nunca me había invitado a ir a misa me llamó por teléfono y me preguntó: ¿Quieres ir a misa? Nadie me había propuesto jamás ir a misa, y ese domingo, ¡justamente ese!, recibía aquella llamada. Dios existía, dijeran lo que dijeran Marx, Freud o Sagan en su documental Cosmos.

Ese día fui, y ya no dejaría de ir cada domingo en lo que me quedaba de vida. Ese domingo me confesé y por fin comulgué a ciencia y conciencia. Dios había irrumpido en mi vida de un modo arrasador. No había precisado de tiempo, ni de preparación, ni de nada; entró cuando Él quiso, como Señor que entra cuando quiere, donde quiere.

No hace falta decir que mi presencia en aquella iglesia de San Francisco fue notada. Había más de trescientas personas, y las noticias no tardarían en llegar a mi madre. Y reza muy fervorosamente después de comulgar, le llegó a decir a mi madre una señora de la misma calle. Mi madre no se opuso y no me dijo nada, pero sí que me refirió ese comentario, sugiriéndome que no me significara tanto. 

A continuación, copiamos el fragmento que narra el momento clave de la conversión de la joven estudiante de filosofía Tatiana Gorítcheva. Nihilista inquieta, desencantada de todo y de todos en la URSS de los años setenta, había empezado a practicar yoga por relajarse:

“Cansada y desilusionada, realizaba ejercicios de yoga y repetía mantras. Conviene saber que, hasta ese instante, yo nunca había orado ni conocía realmente oración alguna. Pero el libro de yoga proponía como ejercicio una plegaria cristiana, en concreto, la oración del Padrenuestro. Empecé a repetirlo mentalmente como una mantra de un modo inexpresivo y automático. La dije unas seis veces. Entonces, de repente, me sentí transformada por completo. Comprendí con todo mi ser que Él existe. ¡Él, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado! ¡Qué alegría y qué luz esplendorosa brotó, entonces, en mi corazón! El mundo entero, cada piedra, cada arbusto, estaban inundados de una suave luminosidad.” 

Es una conversión súbita, gratuita, fulminante y maravillosa, sin duda. Pero Gorítcheva era estudiante de filosofía en la universidad, tenía inquietudes vitales, aunque no religiosas. Y había repetido seis veces el Padrenuestro, aunque fuese mecánicamente. Fortea sólo era un chico de 15 años y no rezaba nada. En un ranking de “conversiones gratuitas”, el adolescente de Barbastro competiría favorablemente.

Otro caso clásico -e impactante- es el de André Frossard. Su libro “Dios existe, yo me lo encontré” está dedicado, íntegramente, a demostrar que ni él, ni su entorno, ni su familia, tenían ninguna relación con Dios ni con cosas religiosas. No pensaba en Dios igual que no pensaba en Papa Noel. Pero en las últimas páginas, por fin, Frossard explica cómo un día entró en una capilla a buscar a un amigo y se convirtió fulminantemente.

“Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra. Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, “católico, apostólico, romano”, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo, sino como no iba a él y me lo encontré. (…)  

[ Dios existe, yo me lo encontré; André Frossard, Ed. Rialp; ver un testimonio más completo en:
http://www.interrogantes.net/Andre-Frossard-Dios-existe-yo-me-lo-encontre/menu-id-23.html  ]

El caso de la poetisa Joy Davidman, que sería esposa del escritor C. S. Lewis, es también significativo. Ella era de ascendencia judía, pero atea, comunista y materialista. Estaba casada con otro convencido ateo comunista, el escritor Bill Gresham. Éste padecía crisis nerviosas y ataques graves. Un día él no llegaba y ella, inquieta, no sabía que hacer. 

“Acosté a los niños. Por primera vez en mi vida me sentí desesperanzada; por primera vez en mi vida mi orgullo se vio obligado a admitir que, después de todo, no era la dueña de mi destino, el capitán de mi alma… Todas mis defensas, los muros de vanidad y arrogancia detrás de los cuales me había ocultado de Dios, desaparecieron momentáneamente.   Y entonces entró Dios. Había otra Persona acompañándome en la habitación, presente en mi conciencia, una persona tan real que toda mi vida anterior me pareció un simple juego de sombras. Comprendí que Dios siempre había estado allí y que yo, desde la niñez, había dedicado la mitad de mi esfuerzo a echarlo. Mi percepción de Dios duró al menos medio minuto.  Cuando se desvaneció me vi a mí misma de rodillas y rezando. Creo que he debido ser la atea más sorprendida del mundo.”  [Testimonio en “These found the way“, 1951, y en Los Inklings, de Humphrey Carpenter, HomoLegens, 2008]  

 Sin duda, la conversión fulminante de Joy Davidman, como la de André Frossard y la de Tatiana Goritcheva son paradigmáticas del fenómeno. Pero quizá la sobriedad emocional e intelectual de la experiencia del muchacho de Barbastro es, por eso, más “radical”, más gratuita: una necesidad de limpiar el pecado (arrepentimiento sin trauma ni culpabilización) y la certeza de que la salvación pasa por la Iglesia.

Personas reflexivas, que escriben y diseccionan su vivencia sobre el papel, han contado así su historia. ¿Cuánta gente más, de la que vemos en la calle todos los días, es tomada por Dios, impactada por su gratuidad?¿Cuántas otras formas tiene Dios de llegar a ellos?

Errores de las primeras citas de mujeres y de hombres

Errores garrafales en las primeras citas de mujeres y de hombres

(Primero los de las mujeres y luego los de los hombres)

I

Luis M. García, "Errores garrafales de las mujeres en la primera cita confesados por treinta hombres" en El País, 1-XII-2016:

En nuestro anterior artículo, ellas sacaban los colores a ellos. Ahora son los hombres los que cuentan 
La obra de teatro Pigmalion es a la vez una reflexión que le da sentido a un axioma muy extendido: no hay que quedarse en las primeras impresiones. En el libreto, un profesor de fonética apuesta con un colega que, si corrige la dicción vulgar de una humilde florista, la convertirá en una dama capaz de mezclarse con la alta sociedad. La conclusión de la trama (y sí, esto es un espoiler en toda regla) es que el presuntuoso académico termina perdidamente enamorado de ella, quien le demuestra que, si quiere, puede ser la mujer más sofisticada. Por cierto: ella le da calabazas.

Qué hacer (o no) en una primera cita para causar buena impresión es algo para lo que no existe una respuesta científica. Y eso es precisamente lo que convierte el flirteo en algo impredecible e inexplicablemente adictivo, como todo lo desconocido: uno no sabe nunca, de antemano, qué hay más allá de los dos besos iniciales de cortesía. Hace unos días preguntamos a mujeres por los errores que cometen ellos. Ahora le toca hablar a los hombres. Preguntamos a una treintena de varones por situaciones en las que han pensado "quiero irme de aquí".

"Cuando vuelvo veo que me ha metido en un grupo de WhatsApp con todos sus amigos, unos 25. Me pareció un flagrante abuso de confianza"
Bien sea por un comportamiento manifiestamente incompatibles, bien por pequeñas sutilezas, detalles nimios que ya entran en el campo de las neuras de él. Son 30 casos en los que la primera cita no pasó de eso: la primera cita. Los apellidos se han omitido por deseo de los participantes.

1. Fernando, 35 años, arquitecto en paro. "Cuando hablan de 'los tíos', así, como si todos fuéramos uno, cuando tienen que criticar algo. Me pasó con una chica la primera vez que quedamos. Venía muy quemada con su jefe, con su becario, con su hermano... Nos puso al género masculino de vuelta y media. Sin matices. Ese agravio comparativo constante me corta el rollo".

2. Igor, 38 años, celador: "Si dice blogger, millenial, selfie, hipster, indie, cuñadismo, un poquito de por favor, digamelón... o anyway antes de dar una conclusión".

3. Pablo, 35 años, economista: "Era la primera cita con esa chica. Y, bueno, todo iba correcto. De repente, me voy al baño en un momento dado, y cuando vuelvo veo que me ha metido en un grupo de WhatsApp con todos sus amigos, unos 25. Me pareció un flagrante abuso de confianza".

4. Samuel, 40 años, modelo: "Que dé por hecho que voy a invitarla a todo. Me ha pasado en un par de ocasiones: cena, copas, discoteca, taxi. Ni una sola vez hizo el gesto de sacar la cartera o me dijo 'ya pago yo'. No hay que confundir ser educado con ser un gorrón".

5. José, 46 años, ordenanza: "Quedamos en una cafetería. Y cuando solo llevábamos unos 15 minutos, a mitad de los cafés, me dice: '¿Me acompañas a ver un piso que quiero alquilar?'. Me pareció intimidante y fuera de lugar. Fui, por educación, pero fue el principio del fin".

6. Pablo, 38 años, periodista: "No soporto que no sepan valorar la buena gastronomía. Ya empezamos mal desde la primera conversación por teléfono: '¿Dónde te apetece cenar?', le dije, y ella me respondió: 'En el Brillante' [típico bar de bocatas de calamares madrileño]. Pensé que era una ironía, pero no. Lo decía totalmente en serio. Obviamente la noche acabó muy pronto".

7. Borja, 37 años, comercial: "¿Por qué algunas se pintan tanto, especialmente en la primera cita? ¿No se dan cuenta de que una mujer, cuanto menos maquillaje, más atractiva? Una cosa es que se arreglen un poco, otra que se oculten bajo una capa de maquillaje".

8. Evaristo, 43 años, médico: "Que no respeten los tiempos. Me explico. Quedé con una chica por primera vez en una discoteca, la típica cita a ciegas que montó una amiga común. Nos tomamos un par de copas, nos besamos... Fui a pedir las terceras y, cuando llegué, me atrajo hacia ella violentamente y me susurró: 'Yo soy tu pared, y tú mi Black & Decker'. A muchos les puede sonar a peli porno. A mí me dejó muy frío. No era el momento: ¡nos acabábamos de conocer!".

9. Jaime, 32 años, responsable de comunicación: "Por favor: que se dejen a su ex en casa. En un par de ocasiones me he tenido que tragar interminables y encendidas parrafadas sobre lo mal que les ha ido en su relación anterior. Me daban ganas de decirle: 'No conozco a ese señor, no me importa lo más mínimo lo que le pase, yo he quedado contigo, no con él".

10. Raúl, comercial, 40 años: "Yo tenía veintipico años. Ella era perfecta: guapísima, lista, con conversación, ya se había emancipado y yo seguía viviendo con mis padres... Todo me producía admiración, no me creía mi suerte la primera vez que quedamos. Hasta que se rompió el encanto: empezó a contarme chistes... ¡Poniendo acento andaluz! Y eso que era de Zaragoza".

11. Luis, 29 años, periodista: "No soporto a la gente que entrecomilla algunas frases al hablar, así, doblando los dedos a la altura de la cabeza. Quedé con una chica para cenar y ¡zas! empezó a hacer ese gesto horrible una y otra vez".

12. Alejandro, 32 años, médico: "Que diga 'hablando en plata'... ¡Antes de todas las frases! Vamos a ver, no puede ser todo tan importante y trascendente que haya que decirlo "en plata", ¿no? Me pasó con una chica hace años. Quedamos sobre las ocho de la tarde, y nos despedimos a eso de las cinco de la mañana. Casi diez horas "hablándome en plata".

13. Martín, 31 años, en paro: "En mis primeras citas, siempre intento quedar para cenar, porque eso ya me dice mucho de la persona. Una vez quedé con una chica que cogía el tenedor como Tarzán su machete, así, con todo el puño. Y cada vez que hablaba, le veía hasta la campanilla, y todos los ingredientes de su primer plato, el segundo y el postre. Un número".

14. José, 35 años, profesor: "Si me mienten, la partida puede prolongarse un poco, pero está perdida de antemano. Me enrollé con una chica una noche en un bar, hablamos mucho, nos llevamos bien, me dijo que le encantaba el arte. La invité la semana siguiente a una exposición en el Reina Sofía... Y no paró de bostezar y mirar el whatsapp. Me escapé. Y borré su número".

15. Kiko, 24 años, estudiante: "Esto no fue una primera cita, pero sí un primer viaje, que es tan o más importante. Llevábamos saliendo un par de meses y la invité por sorpresa a un fin de semana a Venecia, porque sabía que no había estado. Todo iba perfecto hasta que llegamos al hotel y le preguntó al de recepción: '¿Sabe dónde está el Hard Rock?'. Pasé el fin de semana con esa frase martilleándome en la cabeza y, al poco de regresar, rompí con ella".

16. Mariano, 30 años, comercial: "Estábamos conociéndonos, con los preliminares, en un bar. Me comenta que nos hagamos un selfie y no veo problema. Al rato me dice: 'Mira, he colgado en Instagram nuestro selfie'. No me gustó. Por lo menos debería haberme pedido permiso".

17. Néstor, 41 años, abogado: "Que coma palomitas en el cine. ¿Hay mayor falta de respeto? El cine tiene que ser una experiencia que te meta de lleno en la película, sin nada que te distraiga, y las palomitas suenan y huelen".

18. Raúl, 36 años, diseñador web: "Que no coma palomitas en el cine. Y que me ponga mala cara si yo lo hago. Eso es de persona estirada. Y más si vamos a ver una peli comercial".

19. Marcos, 29 años, diseñador gráfico: "Que le huela el aliento. Sí, es una obviedad. Y muchas veces puede ser por mero despiste, a mí también me huele a veces. Pero si te pasa en la primera cita, el recuerdo maloliente es demoledor, abarca a todo lo demás, y normalmente la relación muere antes de empezar".

20. Víctor, 28 años, fotógrafo: "Que esté enganchada al móvil. Cuando quedas por primera vez y lo primero que hace al sentarse es colocar su móvil encima de la mesa. Es como tener en la mesa a un tercero que nunca ha sido invitado".

21. Eloi, 31 años, aparejador: "Que se sepa el nombre de todos los freaks que pasan por Sálvame. La conversación acaba antes de empezar".

22. Óscar, 36 años, analista de mercados: "Que solo hable de ella. Incluso cuando quiero contar algo sobre mí, la conversación siempre acaba en algo que le ha ocurrido a ella. Esto, el yoísmo, es algo que les pasa a muchas personas, y me revienta".

23. Álvaro, 41 años, galerista: "Que quiera a su perro sobre todas las cosas. Quedé con ella, y la noche fue muy bien: terminamos en su habitación. Pero dejó la puerta abierta. 'Es que si quiere entrar [nombre del can] no quiero que se ponga triste', dijo. Mientras estábamos acariciándonos, el perro entró, se subió a la cama, metió el hocico entre nuestros cuerpos. Se puso nerviosísimo y me vomitó encima de la tripa. Me levanté, me vestí, y me fui para no volver. Todo tiene un límite".

24. Mikel, 33 años, camarero: "Quedé por primera vez con una chica que terminaba mis frases todo el rato. No, eso nunca.  Mis frases son mías".

25. Jon, 37 años, profesor: "Quedé con una chica para cenar. Después de la primera copa, ya me propuso ir a su casa. Yo estaba encantado. Compartía su piso con cuatro amigas. Cuando llegamos, todas estaban en el salón viendo una peli. Me hizo sentarme en una esquina del sofá, y se puso a ver la tele. Ellas me escrutaban y aquello me intimidó. Al rato me dijo: 'Vamos a la habitación'. A mí ya se me había cortado el rollo. Demasiados testigos. Todo era un poco artificial".

26. Andrés, 46 años, comercial: "Que se arregle mucho, hasta el punto de verse claramente que no está cómoda. Yo llegué con vaqueros y ropa cómoda. Ella llevaba una minifalda tan corta que le impedía moverse con naturalidad; y unos tacones vertiginosos. Hacíamos una pareja muy rara, la verdad. La cita no fluyó".

27. Manuel, 34 años, camarero y DJ: "Que sus primeras preguntas sean: '¿Tienes planes de futuro? ¿Dónde vives?'. Entiendo la curiosidad, pero hay muchas otras cosas interesantes que hablar antes sobre esas cosas".

28. Sergio, 29 años, organizador de eventos: "Me fastidia que cuando das dos besos no sean de verdad. Muchas personas ponen la cara y acabas golpeando los pómulos"

29. Alberto, 31 años, en paro: "Que use Tinder para ligar. A mí me gustan las chicas que van de cara desde el principio, que son capaces de dominar una situación en una barra de bar, como se ha hecho siempre. El problema es que yo también uso Tinder para ligar. Por eso, cada vez que quedo con una chica por Internet, tengo un montón de contradicciones mentales".

30. Pedro, 39 años, banquero: "Que la primera frase que me diga sea: 'Nunca antes he quedado con un chico nada más conocerle'. Ese tipo de justificación no pedida, de entrada, solo delata prejuicios. Conservadurismo mal llevado, vamos".

II

Elena Horrillo, "Errores garrafales de los hombres en la primera cita confesados por treinta mujeres", en El País, 10-XI-2016:

Presentarse en chándal, recriminar lo que comes, decir "a mi madre le encantarás"... No, por ahí, no

La seducción no es ni será nunca una ciencia exacta. Hay a quien le impresionan unos bíceps más que el Guernica de Picasso y también a quien aquello de que el susodicho no pueda cerrar los brazos de tanto músculo le da repelús. Hay quien sobre todo quiere reírse, quien sobre todo quiere diseccionar el nihilismo de Nietzsche y quien cree que el filósofo alemán es el último fichaje del Bayern. Y lo bueno es que, ahí fuera, a poco que busquemos, existen personas con las que poder tomarnos unas cañas, estar a gusto, acostarnos y quizás, quién sabe, hasta vernos de nuevo.

A partir de ahí, vuelas solo. Pero para esa primera vez en la que no tienes ni la menor idea de cómo va a salir y temes meter la pata, aquí te dejamos nada menos que 30 errores de hombres que, generalmente, pueden arruinar una cita. Y dichos por ellas, que los han sufrido.

Un consejo previo: utiliza el sentido común y, si no puedes escapar y caes en una de estas equivocaciones, tira de humor. Quizás no lo arregles, pero al menos te habrás reído.

1. Marta, 26 años, periodista: "No me gusta la gente que se arregla mucho para una cita informal, pero de ahí a presentarse en chándal... Pues eso es lo que me ocurrió con un chico".

2. Marina, 27 años, profesora: “Se pasó la cena asombrándose por lo mucho que yo comía y contando las cervezas que me bebía”.

3. Bea, 27 años, bailarina: "Quedé a cenar con un chico al que había conocido por Tinder y cuando llegué al bar la persona que me estaba esperando poco tenía que ver con la que aparecía en su foto de perfil. Luego me contó que hacía cinco años que se había hecho la foto. Su aspecto físico había cambiado notablemente".

4. Marta, 27 años, profesora: "Se había estudiado todas mis redes sociales y cada vez que le hablaba de algo me dejaba claro que ya lo sabía porque había estado cotilleando. Esta labor de espionaje me pareció demasiado".

5. Irene, 29 años, periodista: “Acabó tan borracho que plantearse cualquier plan sexual era imposible”.

6. Ana, 23 años, estudiante: “Estaba tan pendiente de su móvil que le acabé mandando un whatsapp para decirle que me iba”.

7. Maga, 25 años, dependienta: “Cuando llegamos al bar, él se sentó frente a la tele y, aunque hacía como si le interesase lo que yo le estaba contando, no perdía ojo al partido del Madrid”.

8. Elena, 42 años, comercial: "Estuvo hablando fervientemente de política durante toda la cena y en ningún momento se interesó por saber cuál era mi ideología. A medida que corría el vino, su postura se volvía cada vez más extremista. Dio la mala suerte de que sus ideas eran totalmente contrarias a los mías, pero, aunque hubieran sido afines, la relación no habría llegado a buen puerto. Mi opinión no le importaba lo más mínimo".

9. Rosa, 26 años, actriz: “Se sentó delante de un espejo y miró más veces su flequillo que mi escote”.

10. Almudena, 27 años, diseñadora de moda: “En la primera cita se presentó con un Porsche (de papá, claro) en la puerta de mi casa y se pasó un buen rato hablando sin parar de lo mal que limpiaba el servicio en su casa”.

11. Ainara, 32 años, socióloga: “De repente, entre cañas y nachos, soltó sin venir a cuento que él creía que los judíos se habían merecido el Holocausto. Pensé que era una broma hasta que se puso a intentar argumentarlo”.

12. María, 25 años, abogada: “Se puso a alardear de conquistas haciendo énfasis en que eso no lo hacía conmigo porque 'tú eres diferente' y que esas chicas 'eran solo para lo que ya sabes tú”.

13. Sara, 41 años, diseñadora gráfica: “Todo iba bien hasta que me dijo: 'A mi madre le encantarías”.

14. Paola, 28 años, farmacéutica: "Nos habíamos liado la noche anterior en un bar, intercambiamos números y quedamos al día siguiente. Llegó con un amigo y, al presentarnos, me llamó por otro nombre”.

15. Belén, 32 años, delineante: “Coincidimos en una fiesta de cumpleaños de una amiga y a uno de los amigos de él le robaron una chaqueta. Ante el cabreo, decidió robar un bolso y una chaqueta... que resultaron ser de dos amigos míos”.

16. Blanca, 33 años, socióloga: “Tras acostarnos me dijo que se moría de ganas de salir de fiesta. Pero me dijo que mejor no fuese yo, que había quedado con unos amigos".

17. Nagore, 46 años, peluquera: “Nada más llegar se puso a criticar a todo el mundo. Empezando por el camarero (que tardó un poco), los famosos, el cine español... La única persona a la que no criticó fue a sí mismo”.

18. Erika, 29 años, camarera: “Supe que aquello no iba a nada a nada desde que me dijo: 'Es que me das un poco de miedo'. Y todo porque le subrayé que era muy independiente”.

19. Sandra, 34 años, empresaria: “Eso no fue una cita, fue un interrogatorio. No paraba de hacerme preguntas, algunas bastante insolentes, por cierto”.

20. Virginia, 44 años, psicóloga: “Le dije que era psicóloga y empezó a contarme traumas infantiles para ver qué pensaba sobre el tema”.

21. Lola, 22 años, estudiante: “Apareció 40 minutos tarde y ni avisó ni respondió a los whatsapp. Cuando llegó me soltó que se le había olvidado”.

22. Raquel, 34 años, instructora de zumba: “No recuerdo de qué estábamos hablando, pero de repente me llamó por el nombre de otra que resultó ser su ex”.

23. Aina, 28 años, fotógrafa: “Me interrumpía tanto que me puse a contar mentalmente cuanto tiempo me dejaba hablar antes de hacerlo él”.

24. Paula, 19 años, estudiante: “Era incapaz de dar una opinión o elegir. Todo era un 'no sé' a la espera de que yo dijera algo”.

25. Pilar, 31 años, militar: “Se puso a ligar con la camarera cuando fue a pedir las cervezas”.

26. Estefanía, 30 años, funcionaria: “En la cafetería era todo amor y dulzura, colaboraba con ACNUR y había apadrinado a un oso panda... Hasta que se subió al coche y evolucionó en niña del exorcista. Chillaba y abroncaba a todo el mundo. El momento álgido llegó cuando empezó a despotricar de lo mal que conducían las mujeres".

27. Miren, 92 años, jubilada: “A los cinco minutos de estar bailando ya me estaba intentando tocar el culo”.

28. Raquel, 27 años, profesora: “Un halago está bien, pero no hace falta pasarse de explícito y alabarte el escote”.

29. Judith, 43 años, funcionaria: “Después de la segunda caña se hizo un silencio algo incómodo. Su manera de atajarlo fue preguntarme por qué yo no tenía aún hijos y explicarme que él quería una familia numerosa”.

30. Sara, 29 años, abogada: "Me pasé todo la noche intentando que me dejara pagar algo. Los vinos de antes, el taxi que nos llevó al restaurante, la cena, las copas de después... Pero nada, se negaba a que pagara ni un céntimo con el rancio argumento de: 'Es que yo soy un caballero".

Sobre el nepotismo y los que se creen insustituibles

Javier Marías, ¿Qué respuesta es más deprimente? Nunca nadie es tan “idóneo” que excluya las demás opciones, El País,  13 de marzo de 2016:

Uno se pregunta cómo es tan difícil de entender, o de aceptar y obrar en consecuencia. A lo largo de decenios hemos ido sabiendo que un gran número de políticos españoles con poder y autoridad colocaba en puestos de las diferentes administraciones (estatales, autonómicas, municipales) a parientes variados, amigos de pupitre, parejas o ex-parejas, o bien favorecía a las empresas y proyectos de éstos con sustanciosos contratos que no siempre salían a concurso, o lo hacían de manera amañada. Desde los lejanos tiempos de Juan Guerra (hermano del entonces vicepresidente Alfonso) hasta los más recientes: los que no somos valencianos acabamos de enterarnos de que, hasta hace nada, la jefa de gabinete de la alcaldesa Rita Barberá era … su propia hermana. Por muy funcionaria que fuera y sea esta señora, por “idónea” que resultara para el puesto, cualquiera con dos dedos de frente y cierto sentido de las apariencias se habría hecho este razonamiento: “No, mi hermana no puede ser, por mucho que valga y se merezca el cargo. Esto lo sé yo y lo sabe ella, pero, precisamente por serme tan próxima, hay que buscar a otra persona, porque el resto de la gente lo interpretará de otro modo y pensará que hay enchufismo, o nepotismo”. Sobre todo porque así es: siempre hay otra persona; nunca nadie es tan imprescindible que no pueda ser sustituido por alguien de características similares; nunca hay un candidato único para desempeñar una función; nunca nadie es tan “idóneo” que excluya las demás opciones.

Pero no seamos en exceso puritanos. Cuando hemos de trabajar en equipo, todos tendemos a rodearnos de personas que ya conozcamos y de las que podamos fiarnos. Si yo dirijo una editorial, busco la colaboración de individuos que me garanticen competencia y eficacia, y lealtad en segundo término. Si esa editorial es un negocio privado, creado con mi capital, estoy en mi derecho. Yo me lo invento y me lo financio, no hay dinero del contribuyente, no he de rendir cuentas a nadie, cada cual hace con su peculio lo que le parece y contrata a quien le viene en gana. La cosa, sin embargo, cambia radicalmente si lo que ocupo es un cargo a mí preexistente, y pagado con los impuestos de todos: da lo mismo si soy Presidente del Gobierno o concejal de un Ayuntamiento. El puesto no lo he creado yo, ni el organismo, a diferencia de mi editorial. En él no he desembolsado un penique, sino que, por el contrario, recibo un sueldo de mis conciudadanos y dispongo de un presupuesto para llevar a cabo mi labor y cubrir los gastos de representación. He de ser por tanto escrupuloso al máximo a la hora de beneficiar a mis allegados con prebendas, de contratarlos o nombrarlos, y también en lo relativo a “cargar” gastos. He de medir exactamente qué está justificado y qué no, qué es estrictamente necesario para el desempeño de mis funciones, a qué me obligan éstas y qué son meros adornos o agasajos superfluos. Seguramente será de recibo que invite a almorzar o a cenar a unos visitantes, pero difícilmente lo será que además los lleve a una discoteca o los convide a excesos. Y en todo caso no puedo rodearme en mi trabajo de esposas, maridos, hermanos, cuñados, sobrinos, compañeros de infancia, parejas o ex-parejas con las que me siento en deuda o me llevo de maravilla.

Con razón han acusado los representantes de Podemos durante los últimos años; sobre todo ellos, los que más han denunciado la corrupción general y la implícita en estas prácticas; los que se han cargado de razón hablando de regeneración y limpieza. Sin embargo, leo en una reciente columna de Javier Ayuso que el concejal madrileño Zapata, célebre por su vileza tuitera cuando aún era un desconocido, acaba de contratar como asesora a su ex-pareja con un sueldo de 50.000 euros al año. Y que también Ada Colau y su lugarteniente Pisarello, en Barcelona, se han hecho con los servicios de sus respectivas parejas. Y que Iglesias y Errejón tienen novias o ex-novias bien colocadas “en los centros de poder ganados”. Al parecer estos políticos no niegan los vínculos, pero aducen: “Sí, es verdad que es mi pareja o ex-pareja, pero no la hemos contratado por eso, sino por sus cualidades profesionales” (siempre según Ayuso). ¿Se puede ser tan torpe, o acaso tan jeta? ¿Cuál creen que ha sido el argumento de todos los responsables del PP, el PSOE o CiU que se han pasado décadas haciendo lo mismo? ¿Alguno ha reconocido que nombraba a su cuñado o su padre por ser eso, el cuñado o el padre? No, siempre se han amparado en los méritos de éstos (normalmente incomprobables por parte de la ciudadanía). ¿Tan difícil es entender que si alguien es un genio en algo, pero tiene la mala suerte de ser familia, ex-pareja o pareja de un representante público, no puede ocupar un cargo que dependa de este último, y cuyos emolumentos provengan del erario? ¿Ni tampoco obtener una concesión ni una contrata, por adecuada que sea su empresa? Resulta en verdad vergonzoso y desalentador que los sermoneadores se comporten con la misma desfachatez que aquellos a los que hasta ayer sermoneaban. Y de nuevo nos encontramos con la terrible pregunta de si es primero la gallina o el huevo: ¿se dedican a la política quienes buscan un medio para corromperse, o en cuanto los limpios entran en ella y manejan dinero ajeno, se corrompen en alto número? Las dos respuestas, me temo, son igual de deprimentes.

Javier Marías y las discriminaciones

Javier Marías, "El azaroso talento. ¿Por qué el talento ha de ser proporcional? Jamás lo ha sido", en El País, 20 de marzo de 2016:

Los Óscars hace ya mucho que me parecen una de las mayores injusticias del año. Se suelen conceder a películas espantosas (a menudo pretenciosas); los de interpretación van a parar a alardes circenses que nada tienen que ver con el oficio de actuar: al actor histriónico y pasado de rosca; a la actriz que se afea o adelgaza o engorda hasta no parecer ella; al actor que hace de transexual o de disminuido físico o psíquico; a la actriz que logra una aceptable imitación de alguien real, un personaje histórico no muy antiguo para que el público pueda reconocerlo. Cosas así. Como he dicho alguna vez, hoy sería imposible que ganaran el Jack Lemon de El apartamento, el James Stewart de La ventana indiscreta o el Henry Fonda de Falso culpable, que interpretaban a hombres corrientes.

Los Óscars hace ya mucho que me parecen una de las mayores injusticias del año

Tampoco es que ganaran en su día, por cierto; Cary Grant no fue premiado nunca y John Wayne sólo al final de su carrera, a modo de consolación, por un papel poco memorable. En fin, Hitchcock no se llevó ninguno como director, y con eso ya está dicho todo sobre el ojo de lince de los tradicionales votantes de estos galardones. Pero todo ha ido a peor: al menos John Ford consiguió cuatro en el pasado. La estupidez no ha hecho sino ir en aumento en este siglo XXI. Pero qué se le va a hacer, son los premios cinematográficos más famosos y a los que más atención se presta, y sólo por eso me ocupo del Asunto que ha dominado la edición de este año.

Como sabrán, la ceremonia ha sido boicoteada por numerosos representantes negros porque, por segunda vez consecutiva, no hubiera ningún nominado de su raza en las cuatro categorías de intérpretes, ergo: racismo. A continuación se han unido a la queja los latinos o hispanos, por el mismo motivo. Y supongo que no tardarán en levantar la voz los asiáticos, los árabes, los indios y los esquimales (ah no, que estos dos últimos términos están prohibidos). Y que llegará el momento en que se mire si un candidato “negro” lo es de veras o sólo a medias, como Halle Berry u Obama, uno de cuyos progenitores era sospechosamente blanco. Los hispanos protestarán si entre sus candidatos hay mayoría de origen mexicano o puertorriqueño (protestarán los que desciendan de cubanos o uruguayos, por ejemplo).

Los asiáticos, a su vez, denunciarán discriminación si entre los nominados hay sólo chinos y japoneses, y no coreanos ni vietnamitas, y así hasta el infinito. En la furia anti-Óscars de este año se han hecho cálculos ridículos, que, según los calculadores, demuestran la injusticia y el racismo atávicos de la industria cinematográfica: mientras los actores blancos han ganado 309 estatuillas, los negros sólo 15, los latinos sólo 5, 2 los indios y 2 los asiáticos.

Es como decir que la música clásica es racista y machista porque en el elenco de compositores que han pasado a la historia y de los que se programan y graban obras, la inmensa mayoría son varones blancos. La pregunta obvia es esta: ¿acaso hubo negros, o gente de otras razas, que en la Europa de los siglos XVII, XVIII y XIX –el lugar y la época por excelencia de esa clase de música– se dedicaran a competir con Monteverdi, Vivaldi, Bach, Haendel, Mozart, Beethoven y Schubert? ¿Acaso a lo largo de la historia del cine hubo muchos cineastas negros? Sucede lo mismo con las mujeres. Es lamentable que a lo largo de centurias éstas fueran educadas para el matrimonio, los hijos y poco más, pero así ocurrió, luego es normal que el número de pintoras, escultoras, arquitectas, compositoras e incluso escritoras (en la literatura se aventuraron mucho antes que en otras artes) haya sido insignificante en el conjunto de la historia.

¿Acaso a lo largo de la historia del cine hubo muchos cineastas negros?

¿Que el mundo ha sido injusto con su sexo? Sin duda alguna. ¿Que se les impidió dedicarse a lo que quizá muchas habrían querido? Desde luego. Es una pena y una desgracia, pero nunca sabremos cuántas grandes artistas se ha perdido la humanidad, porque lo cierto es que no las hubo, con unas pocas excepciones. ¿Clara Schumann, Artemisia Gentileschi, Vigée Lebrun? Claro que sí, pero son muy escasas las de calidad indiscutible. Muchas más en literatura: las Brontë, Jane Austen, Dickinson, George Eliot, Madame de Staël, Pardo Bazán, Mary Shelley, e innumerables en el siglo XX, cuando ya se incorporaron con normalidad absoluta. Pues lo mismo ha sucedido con los negros de las películas: durante décadas tuvieron papeles anecdóticos y apenas hubo directores de esa raza. Si hoy constituyen el 13% de la población estadounidense, que se hayan llevado el 4,5% de todos los Óscars otorgados no es tan infame teniendo en cuenta que el primero a actor principal (Sidney Poitier) no llegó hasta 1963. Pero dejo para el final la pregunta que hoy nadie se hace: en algo que supuestamente mide el talento, ¿por qué éste ha de ser proporcional? Jamás lo ha sido, ni por sexo ni por raza ni por países ni por lenguas.

¿Cabría la posibilidad de que los nominados al Óscar de un año fueran todos no-blancos? Sin duda. No veo por qué no la habría de que otro año todos fueran de raza blanca, si son los que han destacado. La única vez que un libro mío ha sido finalista de un importante premio estadounidense, compitió con cuatro novelas de mujeres, de las cuales dos eran blancas, una medio japonesa y otra africana. Ganó esta última, y, que yo sepa, nadie acusó de sexismo ni de racismo a los miembros del jurado.

Javier Marías y la memoria histórica

Javier Marías, "No hay que imitarlos en nada. Es pertinente que se deje de rendir homenaje a militares y políticos que participaron en la sublevación de Franco", en El País, 6 de marzo de 2016:

Al final unos y otros se han echado las culpas, como sucede siempre que alguien mete la pata en este país. Y, por supuesto, nadie dimite jamás de su cargo, un rasgo más, entre muchos, que el autoproclamado “nuevo” partido Podemos comparte sobre todo con el PP. Pero lo cierto es que el Ayuntamiento de Carmena hizo el encargo: contrató y pagó a la Cátedra de la Memoria Histórica (?) de la Universidad Complutense, formada por cinco historiadores muy raros y dirigida por Mirta Núñez, la elaboración de un primer listado de “calles franquistas”, para cambiarlas. Si he subrayado “primer” es porque eso indica que por lo menos tendría que venir un segundo, y eso que el inicial computa nada menos que 256, número que en principio parece excesivo teniendo en cuenta que, ya hacia 1980, algunos de los más conspicuos nombres franquistas desaparecieron, por fortuna, de nuestro callejero: la Gran Vía dejó de llamarse José Antonio; la Castellana, Generalísimo; Príncipe de Vergara, General Mola; la glorieta de San Vicente, Ramiro Ledesma, etc. Aun así, es obvio que algunos quedan, y, en efecto, es pertinente que en cualquier sitio de España se deje de rendir homenaje a militares y políticos que participaron en la sublevación de Franco y en la criminal represión desa­tada a partir de entonces. Como tampoco sería admisible la celebración de individuos “republicanos” que se mancharon las manos de sangre en las zonas que controlaron durante la Guerra. Si he entrecomillado “republicanos” es porque entre los presuntos defensores de la República hubo muchos que pretendieron cargársela con el mismo ahínco que los sublevados, sólo que desde el otro extremo.

Pero ese “primer” listado no se ha limitado a señalar a los Generales Varela, Yagüe, Aranda, Dávila o Fanjul, todos merecedores de castigo y no de premio, sino a numerosos escritores, artistas y personalidades que en algún momento de la larguísima dictadura le mostraron su apoyo o no fueron combativos con ella. Gente a la que no era imputable ningún delito (o sólo de opinión) y que probablemente recibió una calle o una plaza por sus méritos artísticos o literarios y no por su adhesión al régimen o su tolerancia con él. Sus obras nos pueden gustar más o menos, y sus figuras caernos simpáticas o antipáticas, pero a estas alturas nadie que no sea cerril discute la valía de Pla, Dalí, D’Ors, Mihura, Jardiel Poncela, Cunqueiro, Manuel Machado o Gerardo Diego. Tampoco los logros, en sus respectivos campos, de Manolete, Bernabéu, Lázaro Galdiano, Turina, Juan de la Cierva o Marquina. La mentalidad y el tono con que se ha configurado esa lista son policiales e inquisitoriales: mentalidad de delator, o, si se prefiere, de “comisario del pueblo”. Y en Madrid hay todo tipo de gente, no se olvide.

El 27 de mayo de 1937, en plena Guerra, mi padre publicó un artículo en el Abc madrileño (esto es, republicano), “La revolución de los nombres”. Entonces era un joven de casi veintitrés años, soldado de la República. En esa pieza señalaba cómo “desde que estalló la rebelión ya no hay medio de saber cómo se llama nada. Cuando se lee algún periódico faccioso” (es decir, franquista) “de cualquier ciudad, se puede ver que cualquier desfile, procesión o manifestación sale de la plaza de Calvo Sotelo, pasa por las calles de Franco y Falange Española, luego por la Avenida de Queipo de Llano para seguir por la calle de Alemania y terminar en la alameda de José Antonio Primo de Rivera. El orden cambia según se trate de Salamanca, Zaragoza o Sevilla; pero los nombres permanecen”. Y añadía: “Y es de todo punto lamentable que imitemos en esto a los rebeldes, porque no hay que imitarlos en nada”. Y así, cuenta cómo en Madrid la calle Mayor ha perdido su nombre en favor de Mateo Morral, anarquista que atentó contra Alfonso XIII … y mató a veinticinco personas, pero no al Rey; cómo el Prado, Recoletos y Castellana han pasado a llamarse Avenida de la Unión Proletaria; cómo Príncipe de Vergara (título de Espartero, general anticarlista y liberal) también ha caído por ignorancia. “Y lo más grave, lo intolerable”, seguía mi padre, “es el nombre elegido para sustituirlo: Avenida del 18 de julio. ¿Es que nosotros podemos celebrar esa fecha, en que empezó una de las más grandes tristezas de la historia española? ¿Podemos conmemorar el día en que el pueblo español, que se disponía a mejorar sus destinos en la paz de un Gobierno suyo como el del Frente Popular, se vio obligado a llenarse de sangre en una guerra tremenda?” También cuenta cómo en Valencia la calle de Caballeros ha pasado a ser Metalurgia (!), o cómo el pueblo de San Juan, en Alicante, se llama ahora Floreal … Todo esto suena de otro mundo, y sin embargo … Hace casi ochenta años que el joven que fue mi padre escribió este artículo. Lo hizo en un país en guerra, partido y lleno de odio, en el que un bando imitaba al otro, cuando “a los rebeldes no hay que imitarlos en nada”. ¿Tiene algún sentido que volvamos a hablar del callejero al cabo de tanto tiempo, cuando además no hay guerra, ni hay dos bandos? Hay una parte de España, parece, nostálgica de nuestros peores tiempos y nuestras peores costumbres, desde luego de las más idiotas. Eso es siempre inevitable. Lo malo es que esos nostálgicos del encono y la animadversión tengan capacidad decisoria y mando en plaza, sean del lado que sean. Todavía está en nuestra mano no dárselos, ni la capacidad ni el mando.

Los refugiados de antes y los de hoy para Javier Marías

Javier Marías, "Mil cien años. Un libro, ‘El saco de Tesalónica’, sirve para encontrar paralelismos entre la angustia y el destino de sus habitantes con los de sitiados y huidos actuales". En El País, 27-XI-2016:

ME LLEGA un librito meritorio. Interesará a tan poca gente –pese a su interés– que vale la pena dar noticia de él. Se trata de El saco de Tesalónica, del clérigo bizantino (“cubuclisio”) Juan Cameniata o Kaminiates, quien vivió el ataque sufrido por su próspera ciudad a manos de los agarenos o sarracenos en el año 904, recién iniciado el siglo X. No es una obra única en ningún aspecto, ni siquiera en lo referente al lugar devastado, más conocido hoy como Salónica: hay relatos de su toma por parte de los normandos en 1185 y de la invasión de los otomanos en 1430, a las órdenes del sultán Murad II. Las ciudades sitiadas, su conquista, su quema y las matanzas habidas en ellas, son una constante de nuestra historia, y sin duda uno de los puntos fuertes de series ficticias, vagamente medievales, como Juego de tronos. Y es sabido que Tolkien se inspiró en la caída de Constantinopla de 1453, que tan maravillosamente narró Sir Steven Runciman, para las más emotivas batallas de El Señor de los Anillos. Los asedios siempre funcionan narrativamente, y siempre producen la fascinación del espanto.

La breve obra de Cameniata (Alianza, cuidada edición de Juan Merino Castrillo) tampoco resiste la comparación estilística con textos muy posteriores como La caída del Imperio Bizantino del extraordinario cronista Jorge Frantzés o Sfrantzes (lean, lean a Frantzés los que puedan; ay, no en español si no me equivoco, pero sí en otras lenguas a las que se lo ha traducido). Pero, como señalan los editores, no deja de causar perplejidad pensar que lo contado en ella sigue ocurriendo en torno al Egeo y el Mediterráneo, casi igual que hace mil cien años, con las capturas y carnicerías del Daesh o de Boko Haram más al sur, con la esclavitud reinstaurada (si es que alguna vez se fue), con las masas de refugiados a la deriva, manipulados y engañados por mafias. Cameniata, todavía cautivo en Tarso de Cilicia (hoy Turquía), relata los hechos en forma de misiva, confiado en que ésta ayude a un intercambio de prisioneros o a un rescate. Como clérigo, no puede evitar ser pelmazo al principio, achacando la desgracia que aguardaba a los tesalonicenses a la “vida disipada” y a los numerosos pecados en que habían incurrido. Lo que sí se ve pronto es que la ciudad ufana estaba mal preparada para el combate, y que además, como sucede a menudo en estos casos, la inferioridad bélica se conjugó con la mala suerte, casi de forma cómica.

El principal encargado de la defensa, el estratego o “protospatario” León Quitzilaces, “estando a lomos de su caballo, se encontró a Nicetas … cuando decidió darle un abrazo … y descuidó las riendas. Se asustaron los caballos y más aquel que montaba el estratego, afectado por un entusiasmo natural, e irguiendo la cerviz y con las crines encrespadas, se encabritó y lo tiró de la silla. Éste cayó de cabeza … y, arrojado al suelo, se rompió el fémur derecho y el hueso del cotilo. Daba lástima y renunciaba a vivir”.

Poco después los sarracenos, al mando de otro León –León de Trípoli–, renegado cristiano y sanguinario, vencieron las murallas desde sus barcos e iniciaron la terrible matanza. Es curiosa la cantidad de veces en que Cameniata señala la estupefacción y la parálisis de los tesalonicenses, con el enemigo ya encima, como causa o agravante de su absoluta derrota. “No sabían de qué manera ponerse a salvo … Toda la gente completamente agitada y confusa, desconcertada sin saber qué hacer ni cuándo y poniendo en peligro su vida. Ninguno se preocupaba de cómo repeler el destino inminente, sino que daba vueltas en su mente a cómo o con cuánto dolor encontraría la muerte”. O bien: “Podía verse a los hombres como naves a la deriva arrastradas de aquí para allá, … hombres, mujeres y niños precipitándose y amontonándose unos sobre otros, dándose el abrazo más lamentable, el postrero”.

Cameniata, su familia y bastantes más lograron salvar la vida prometiendo la entrega de riquezas escondidas. Fueron embarcados tras diez días de saqueo. Hacinados para la larga travesía, Cameniata no ahorra detalles infrecuentes en las narraciones: “Lo peor de todo eran las necesidades de vientre, a las que no había forma de dar salida según apremiaba la necesidad física de evacuar. Muchos, dando prioridad al pudor del asunto, constantemente corrían peligro de morir al no poder aguantar el apremio”. O bien: “Aquella agua, siendo un flujo de las letrinas de la ciudad, era capaz de matar sin necesidad de ningún otro medio a los que la bebían. Pero como poción pura y placentera de nieve recientemente derretida, así llevaba cada uno a su boca aquella podredumbre y aceptaba en su imaginación que el fétido cáliz estaba lleno de miel”.

El ansiado intercambio de prisioneros se inició catorce meses después del saco de Tesalónica, pero se interrumpió a los tres días. No se sabe por qué, ni cuál fue el destino de Cameniata, si se contó entre los afortunados o si ya fue esclavo hasta el final de su vida. Cuánta gente no habrá hoy en Irak, en Siria, en Nigeria, preguntándose lo mismo, cada amanecer, con desaliento.

Un pasaje de Jesús Pardo


Así acaba Autorretrato sin retoques, (1996) de Jesús Pardo:


Morire necesse est, vivere no est necesse, puedo haber escrito Virgilio.

Esta fue la más oportuna de mis varias muertes, y de la que mejor y más prontamente resucité.

Si la vida fuese simple preparación para la vejez, y ésta su digestión, la muerte sería su excremento.

Esto haría de la muerte brevísima plenitud de vida; solo el instante mismo de morir, porque al muerto la muerte ya le ha pasado.

Lo malo es que no es así: la juventud termina en vejez, su caricatura; la vejez, en muerte arbitraria, que es borrón sin cuenta nueva. y la razón, acuciada a decir la verdad, confiesa no ver justicia en esto.

Nunca recuperamos el tiempo: es el tiempo, entidad emisora de nosotros mismos, el que nos recupera, resumiéndonos en él, de modo que se da la paradoja de que nuestra inmortalidad es inevitable, pero al precio de desaparecer en el tiempo.

Así medita el citabilísimo Ezra Pound al final de su último canto pisano:

 If the hoar frost grip thy tent / Thou wilt give thanks when night is spent.

Si la helada escarcha agarra tu tienda, / darás gracias cuando se pase la noche.

¿A quién hay que dar las gracias?

No a mí mismo, ciertamente, por ser sayón de mi verdugo, que es el tiempo.

Ni al tiempo, ni al verdugo del tiempo, si lo hay.

Ni a Dios, cuya única excusa es no existir.

lunes, 28 de noviembre de 2016

No es país para jóvenes

Joaquín Estefanía “¡No future!”: no es país para jóvenes, en El País, 27-XI-2016:

El 92,5% de las contrataciones a menores de 30 años son temporales

Los “adultos emergentes” son aquellas personas entre 18 y 35 años que no son adolescentes pero tampoco adultos, según definición del profesor de la Universidad de Massachusetts Jeffrey Arnett. No son adultos del todo porque no pueden emanciparse. Los datos recién publicados por el Consejo de la Juventud indican la amplitud de esta brecha en España: solo el 20% de la población joven (en este caso, entre 16 y 29 años) ha conseguido emanciparse de sus padres; el 92,5% de las contrataciones realizadas a personas menores de 30 años fueron de carácter temporal; los jóvenes deberían cobrar 4,2 veces su salario anual sólo para hacer frente a la entrada de una vivienda en régimen de propiedad.

Estas cifras corroboran la idea de que la herida más lacerante que ha dejado la Gran Recesión es la quiebra de las expectativas de futuro de una generación: las materiales y las emocionales, aquellas para las cuales se formaron. No hay ninguna otra cohorte de edad en que sea más amplia la precarización, el paro, el apartheid salarial y la emigración. Hasta tal punto de que vuelve a escucharse aquella canción que hizo famoso el grupo punk Sex Pistols a finales de los años setenta, titulada irónicamente God save the Queen, que gritaba “¡No future, no future!”.

El Observatorio de Emancipación da otro dato escalofriante que, sin embargo, hay que matizar: el 38,2% de las personas jóvenes se encuentra debajo del umbral de pobreza. El riesgo o el umbral de pobreza es una medida relativa que no significa lo mismo en España que en Suecia o en Sudán del Sur. El umbral bajo el que se está en riesgo de pobreza coincide con el 60% de la renta mediana (aquel punto de la distribución por debajo del cual está la mitad de la población). Se considera que debajo de ese 60% el joven está en riesgo de pobreza, pero esa renta mediana es distinta en un sitio que en otro. Esta situación depende, entre otras cosas, del mercado laboral (tasa de paro del 46,5%) y del mercado de la vivienda: un joven debe destinar, como media, el 60,3% de su salario para poder adquirir una casa en propiedad, y la superficie máxima a la que podría aspirar sería a 49,2 metros cuadrados.

Ha habido una distribución desproporcionada de los costes de la crisis en contra de la juventud. La justicia intergeneracional del Estado de bienestar no está precisamente a favor de ese segmento de la población sino de la gente mayor. Según algunos analistas, el gasto en tercera edad en España en el periodo de la crisis económica (pensiones, sanidad,…) ha sido 34 veces superior al de la infancia y juventud (educación…). Esto es una anomalía mundial; no hay ningún país de la OCDE en que esta diferencia de gasto sea superior a 10.

En el año 2012, en plena campaña electoral a la Presidencia de Francia, el socialista François Hollande dijo: “Si soy el próximo presidente quiero ser evaluado por un único criterio: ¿viven los jóvenes en 2017 mejor que en 2012? Pido ser juzgado sólo por ese compromiso, sobre esa verdad, sobre esa promesa”. A punto de cumplir su mandato, no parece que la Historia vaya a absolver a Hollande. Ni a la mayor parte de la política española.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Epigrama de Ernesto Rodera

Escrito en una pintada

"Sobornen a los pobres"

La disfemia verbal en Losantos, que no por nada era profe de lengua

"Jiménez Losantos. Catálogo de exabruptos", en Público, 27 de Noviembre de 2016:

Federico Jiménez Losantos es de los que despierta a sus oyentes con intensidad, con una carga editorializante que ellos demandan. Pues si hay alguien capaz de dar el tiempo como si fuera una columna política ese es el presentador de Es Radio. 

Conocido periodista, contrario a todo lo que huela a socialismo, a la izquierda, a Podemos, al Rey Juan Carlos, a Prisa, a Atresmedia, a Ferreras, a Rajoy y a casi cualquier personaje que no cumpla con los preceptos que él defiende. 

Durante años, desde los micrófonos de la Cope, pontificó sobre la ruptura de España, los peligros que acechaban al país, la ETA, el 11-M y los traidores a la patria. Hasta habló de rey felón en el caso de Juan Carlos I. 

Un insultador profesional

Sus editoriales (puede decirse que su programa es una continua columna de opinión oral) son punzantes, muy cercanos a un público conservador que le sigue como a un telepredicador. Y en los cuales no duda en tirar de ironía y, si cree necesario, de menosprecios e insultos. 

Sí, Jiménez Losantos es muy partidario del insulto por el insulto; de poner motes; de renombrar a personajes y de situarse al límite de la denuncia. En ocasiones traspasando la línea. 

Son muchos a los que el presentador de La Mañana de Es Radio dedica más de un epíteto poco cariñoso. Al presidente del Gobierno no suele dedicarle flores, sino más bien todo lo contrario. Desde hace años le colgó el nombre de 'Maricomplejines' por su poca dureza frente a la izquierda, al menos poca para Losantos. 

Pero si hay alguien dentro del PP que recibe sus dardos y pocos afectos esa es la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Saénz de Santamaría. A la cual considera hacedora de Podemos y el poder real del país, a la que bautiza coomo 'Saénz de la guillotina'. 

Demuestra que él es muy de cambiar el nombre a las vicepresidentas, pues a la segunda de Zapatero pocas veces se refería por su nombre, sino que la llamaba María Teresa Fernández de la Vogue, por un reportaje de las ministras del Gobierno de ZP en la citada publicación. 

Pero aquello es algo del pasado, ahora él utiliza su lengua mordaz para atacar a políticos del momento como Rafael Hernando. Al portavoz popular en el Congreso le llama 'El chico de los recados de Soraya'. 

No es el único popular al que Losantos no tiene entre sus predilectos. A Javier Arenas siempre se refiere como 'el joven Arenas' y a Celia Villalobos como 'La Carmena de la derecha'. 

Fijación con Podemos

Pero como es sabido, no sólo pone en la diana a los dirigentes del Partido Popular, sino que para los cargos del PSOE también tiene más de una pulla. En las últimas fechas, sobre todo, para Susana Díaz. A la cual, en pocas ocasiones se refiere por su nombre, sino por el de 'La niña de la estación'. 

Estación del AVE que tiene que coger para hacerse con las riendas del PSOE nacional. Además de cambiarle el nombre, también le acusa de haber engordado mucho. Un comentario que con los hombres no suele utilizar. 

A otro miembro del PSOE al que cambia el apellido es al líder del PSC. No le suele llamar Iceta, sino Ijeta. Muy Losantos. 

Tampoco menos 'palos' verbales del locutor recibió el anterior Secretario General del PSOE. A Pedro Sánchez llamaba siempre PedroNoNo (por aquello de no faciliar la investidura de Rajoy). 

Eso sí, si a alguien que recibe los mayores insultos de Losantos es Unidos Podemos. Castuza, gentuza, miserables, rompedores de la patria, dictadores... Son muchas los adjetivos que les dedica. Y, en ocasiones, personificados. A Alberto Garzón le llama Caracráter, a Ramón Espinar se refiere como Espiblack, a Pablo Echenique como Echeminga o Bolchenique. 

Mientras que a Pablo Iglesias, además de Coleta Morada le bautiza como PabLenin. Mientras que a Errejón y Bescansa y demás les llegó a amenazar con disperar. El diría que era broma: "Yo es que veo a Errejón, a la Bescansa, a la Rita Maestre y me sale, me sale... el monte, no el agro, el monte. O sea, si llevo la lupara, disparo"

Los medios y los periodistas también reciben su cuota de 'odio Losantos', ya que a García Ferreras y Javier Ruiz los llama Gorilas en la niebla. Losantos al puro estilo Losantos.

Un poeta, como el oráculo de Delfos, no afirma ni niega: emite señales

Copiado de por ahí, de una lectura de poesía ajena que realizó Gamoneda en Guadalajara, México:

Si una lectura de poemas tiene algo de acto religioso, una lectura de Gamoneda tiene algo de misa laica porque el escritor, como el oráculo de Delfos, ni afirma ni niega: emite señales mientras se dirige a la concurrencia: “Les veo muy relajados”. Por ejemplo: “El recuerdo habita el olvido y el olvido perfecciona el recuerdo”. Por ejemplo: “Nuestro cuerpo es una flor”. Por ejemplo: “¿Qué es ser loco? Eso no es algo que está averiguado. En cualquier caso, yo participo de esa locura”. 

Gamoneda ha dicho alguna vez de sus años de militancia antifranquista que él y los suyos formaban una cuerda de “gente asustada, semilocos y pequeños héroes de la negatividad”. Algo parecido dice ahora de los poetas con los que se junta. Aunque estos se llamen Poe, Mallarmé, Artaud o Helder. A todos ellos se sumó él mismo para reconstruir a su manera la figura de Azrael, el ángel coránico de la muerte, abordado poéticamente por cada uno de sus predecesores. “La apropiación”, dijo, “supone una cruel destrucción de los poemas anteriores hasta el punto de crear no un poema nuevo sino uno de otra naturaleza”. Fue una mezcla de recital y taller literario. Nadie se movía en el Salón de Poesía, en el que se había colado más gente de lo habitual para escuchar una lectura que también duró más de lo habitual. “Hemos transgredido todas las normas de la FIL”, reconoció Gamoneda. Pese a que la feria tiene a gala que sus actos –ya los protagonice un joven debutante o un autor consagrado- no duren más de 50 minutos, no parece que en su caso vayan a tenérselo en cuenta.

El decálogo del maestro de Gabriela Mistral

La poetisa y premio Nobel chilena Lucila Godoy, más conocida como Gabriela Mistral, maestra de niñas, escribió un famoso «Decálogo del Maestro» que se ha hecho célebre entre los docentes y que hoy, Día del Maestro, conviene recordar:

1. Ama. Si no puedes amar mucho, no enseñes a niños.

2. Simplifica. Saber es simplificar sin quitar esencia.

3. Insiste. Repite como la naturaleza repite las especies hasta alcanzar la perfección.

4. Enseña con intención de hermosura, porque la hermosura es madre.

5. Maestro, sé fervoroso. Para encender lámparas basta llevar fuego en el corazón.

6. Vivifica tu clase. Cada lección ha de ser viva como un ser.

7. Acuérdate de que tu oficio no es mercancía sino oficio divino.

8. Acuérdate. Para dar hay que tener mucho.

9. Antes de dictar tu lección cotidiana mira a tu corazón y ve si está puro.

10. Piensa en que Dios se ha puesto a crear el mundo de mañana.

sábado, 26 de noviembre de 2016

El mejor poema de Vicente Cano

Para mí este es el mejor poema de Vicente Cano (1927-1994); el que me ha tocado más profundamente, entre muchos que también podrían optar a ese título. Se lo dedico con afecto. Por entonces, por los años en los que lo conocí, creo que ya estaba muriéndose de cáncer; curiosamente, posee el mismo importante mensaje que un poema clásico de la poesía norteamericana, The House By the Side of the Road, de Sam Walter Foss; por si no hubiera duda de que Vicente Cano fue, ha sido, es y seguirá siendo un gran poeta:

VICENTE CANO

Pero sí tengo...


I

Yo sé que hay paisajes que no veré nunca.
Sé que existen montañas de asombro
y valles generosos
que no tendrán mi huella...

Pero sí tengo esta tierra -patria chica, mía-,
para sentirla y para amarla.
Para alegrarme el corazón con ella.

II

Yo he aprendido
que no se han hecho para mí
los países lejanos, sorprendentes,
ni las aventuras de leyenda
ni los ágiles caballos de los triunfos...

Pero sí tengo una rosa
que me aroma la vida de esperanza.

III

Yo sé que hay gentes de paz
y hombres de luz
a los que no podré entregarles nunca
mi haz de admiración...

Pero sí tengo un verso
escrito con el alma para ellos.

IV

Yo sé que hay seres que sufren,
hombres que necesitan
un agua humanitaria que los salve...

Y yo no tendré nunca
una lluvia en mis manos.

Pero sí estaré con ellos siempre
con mis palabras y mi aliento.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Wikipedismo

He redactado unos cuantos artículos wikipédicos (Jesús Pardo, por ejemplo)¨y ampliado otros, como el del reciente premio nacional Juan Eduardo Zúñiga; para mejor entender las derivaciones de la tertulia en que se movía este, he tenido que escribir artículos nuevos sobre el escritor Vicente Soto, los hispanistas Todor Neikov, Emilia Tsenkova y Sylva Pandu, el escritor búlgaro Dimitar Dimov y los editores españoles Manuel Aguilar Muñoz y Arturo del Hoyo, traduciendo además del portugués el artículo Mario Dionisio. Y solo con esto he perdido toda la mañana del viernes y la tarde del sábado investigando, confrontando y verificando datos; patético. Pero es que así somos los hombres de letras, qué se le va a hacer.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Vergüenza ajena

Las demostraciones de afecto hacia Rita Barberá (pues todos tenemos que morir, incluso los sinvergüenzas que abandonan a la gente cuando está viva) me han hecho sentir lo que científicamente se denomina "vergüenza ajena" o "alipori"; por ejemplo: hay una anciana que ha muerto por pobreza energética sin declaraciones peperas de ningún tipo. Quizás Dios lo ha permitido para que percibamos el contraste. Existe un artículo muy revelador sobre este concepto:

Jaime Rubio Hancock "La vergüenza ajena, un término español para una emoción universal. Por favor, no me obliguéis a ir a un karaoke", en El País, 2 de sept. de 2016:

La vergüenza ajena es un término español que da nombre a una emoción universal. Lo recoge la historiadora cultural Tiffany Watt Smith en su The Book of Human Emotions, citándolo en castellano y calificando este sentimiento de “tortura exquisita”.

Según recoge Smith, la vergüenza ajena es una “humillación indirecta, normalmente hacia extraños”. Por ejemplo, ocurre cuando un político pronuncia mal un nombre, pero aun así insiste en que lo está diciendo bien; o cuando un humorista suelta un chiste a costa de un miembro del público y la gracieta se recibe con silencio.

“La vergüenza ajena más intensa se reserva para la gente a la que le resbala todo y se cree muy importante. Parecen no sentir la vergüenza que deberían, así que nos quedamos con una buena ración en su nombre”, escribe la autora. El escarnio es doble: tanto por cometer un error como por no reconocerlo.

Eso sí, no siempre hay escarnio ni se dirige a personas que nos resultan antipáticas: donde yo más la siento es en los karaokes. Mis amigos suben al escenario y se ponen a destrozar una canción o, peor aún, a cantarla bien, con mucho sentimiento y una actitud profesional, y yo noto toda la vergüenza que ellos ni sienten ni entienden por qué deberían sentir.

Sé que hacen bien, claro, están pasando un rato divertido, y sé que es absurdo que yo cargue con todo el peso de lo que a mí me parece su ridículo espantoso. Pero no hay nada que pueda hacer para evitarlo.

Una vergüenza empática

Smith añade que la vergüenza ajena es un sentimiento es paradójico. Por un lado, tiene una parte de burla y exclusión. Pero por otro lado, también tiene una parte de empatía, ya que nos estamos poniendo en la piel del otro. “Estos impulsos aparentemente contradictorios apuntan a la importancia del grupo por encima del individuo, motivo que según algunos lingüistas ha llevado a los hispanoparlantes a darle nombre a esta emoción”, escribe la autora.

En este sentido, el neurocientífico alemán Frieder Michel Paulus publicó un estudio en 2013 sobre la relación de la vergüenza ajena con la empatía. Su experimento mostraba que cuando otras personas contravenían normas sociales, en el cerebro del espectador se activaban las mismas regiones que en momentos empáticos. “Cuando tienes vergüenza ajena sientes empatía por alguien que pone en peligro su integridad al violar las normas sociales, se trata de una vergüenza empática”, explicaba Paulus en declaraciones recogidas por Sinc. Es decir, nos estamos poniendo en su lugar o, mejor dicho, en el lugar en el que consideramos que deberían estar, porque lo cierto es que ni siquiera pasan cerca.

Smith también añade que en España, “el miedo a perder la dignidad o el orgullo -ambos términos en español en el original- se consideran muy pronunciados”. E incluso recuerda que la última pieza de comida en una ración compartida es “la de la vergüenza”. Al mismo tiempo, “también es una cultura en la que los lazos de simpatía son muy intensos”.

Traducir palabras intraducibles

Smith recuerda que todo el mundo siente vergüenza ajena, aunque no sepa ponerle nombre. Y también que el término existe en otros idiomas: en alemán es Fremdscham, en finlandés es myötähäpeä (vergüenza compartida) y en holandés es plaatsvervangende schaamte (vergüenza que intercambia su lugar). Fremdschämen, por cierto, se incluyó en el diccionario alemán Duden en 2009, lo cual no quiere decir que los alemanes no sintieran esa emoción hasta ese año o que los españoles la sintiéramos más que los alemanes, pero solo hasta 2009.

El hecho de que un idioma no tenga una palabra para describir una experiencia se llama “hipocognición”, un término acuñado por el antropólogo Robert Levy. Según contaba Levy, en Tahití no había una palabra para expresar el concepto de “pena”. Por supuesto, la sentían, pero la describían como un estado de extrañeza o de malestar. Según Levy, esto llevaba a la ausencia de rituales para aliviar esta pena, lo que era la principal causa del alto índice de suicidios en la isla.

El efecto del lenguaje en nuestro pensamiento se considera hoy en día bastante más moderado y circunscrito a experiencias muy concretas. Por ejemplo, en ruso, el celeste se considera un color diferente al azul más oscuro, tal y como nosotros diferenciamos entre el rosa y el rojo. Esto lleva a que los hablantes de ruso sean más rápidos al categorizar los diferentes tonos de azul. El hecho de que tengamos palabras para sentimientos, experiencias o colores concretos, también ayuda a nuestra memoria, según recoge Scientific American. Pero poco más, como apunta Steven Pinker en The Language Instinct, donde subraya que el pensamiento no es lo mismo que el lenguaje.

Además de eso, también hay que recordar que todas las palabras se pueden traducir, aunque siempre se pierdan matices y connotaciones. En inglés vergüenza ajena se suele traducir por “vicarious embarrassment”, que a su vez significaría “vergüenza indirecta”. Eso sí, aunque se entiende perfectamente, no se trata de una expresión fija y de uso común.

En español nos pasa, por ejemplo, cuando traducimos la palabra francesa dépaysement por “desorientación que sentimos en sitios extranjeros”. Sí, entendemos la idea perfectamente aunque no tengamos una palabra específica. Quizás, como apuntan en Scientific American, las palabras ‘intraducibles’ sirvan para alertarnosde algo que en nuestra cultura no habíamos identificado o no habíamos analizado en detalle. Descubrir estas palabras nos ayuda a hacerlo.

(En una primera versión del artículo se hablaba de Fremdschämen, cuando la palabra alemana correcta es Fremdscham, y se traducía por "vergüenza exterior").